09 septiembre 2015

Tonos de voz, tonos de silencio

Nunca entendí, cuando era muy niño, que los adultos usaran un tono distinto para dirigirse a mí que al resto de personas. Lejos de querer ser mayor, me aterraba, con esas voces chillonas y frases inconexas. “¡Mirad quiéeeen vieeeeneee!” (pues yo, no sé a qué tanto misterio) “¡Qué te como!” “¡Qué mono!” Personalmente no me gustaba ese tono como si fuera tontito pero bueno, era un niño raro supongo.
A medida que vas creciendo van apareciendo las frases instructivas  “Hasta que no lo rompas no te vas a quedar tranquilo” (se acabó la diversión)  Pero no nos metamos con los progenitores que bastante mérito tienen. Cuando perdías algo, venía tu madre de inmediato con un “Como vaya yo y lo encuentre…” ¡Y lo encontraba al segundo! “Bébete el zumo antes de que se le vayan las vitaminas” (siempre me fascinó a dónde se podían ir)
Una vez excluidas las madres y su afán educativo, nos encontrábamos con otros tonos de voz en la adolescencia. Excluyo el incomprensible “¡Aaahhh! de una adolescente (mano en pelo) en pleno concierto ante una figura de la música que seguramente se cree el más especial de los especiales.
Nuestra voz no solo tendía a cambiar sino que también tendía a imitar y eso continuaba de adultos. Pude observar trabajando en una fábrica a un chaval que, cuando se dirigía a mí, ponía un tono de voz calmado y afable hablando de temas que le interesaban pero… cuando se dirigía al grupo a la hora del bocata… ¡Qué transformación! El tono cambiaba a vaquero de tres al cuarto que se iba a batir en duelo con el más rápido de la ciudad; y a su vez aparecían tres tacos por frase al cuadrado. Más tarde me di cuenta que es más común en hombres que en mujeres este fingir una voz que no es la tuya. Creo que tiene que ver algo con la evolución de los chimpancés macho y con reafirmarse  pero… ¿Si necesitas reafirmarte no quiere decir que no estás a gusto contigo mismo?
Continuamos con los tonos. En un centro de ancianos donde estuve trabajando pude comprobar un tono de voz que era calcado al de cuando era niño. Algunas auxiliares y cuidadores se dirigían a los ancianos con ese tono de cuando yo era un chiquillo. “¿Qué ánimo nos trae hoy el señor Juliaaaaan?” Algunos mayores, supongo que igual de raros que yo, ponían cara de “¿Por qué me habla como si fuera tonto?” mientras hacían un gesto de resignación.
Hay muchos más tonos de voz ligados al comportamiento social y sobre todo al ánimo. Pero me quedo con ese tono inconfundible del silencio. Esas miradas que en un segundo te cuentan dos volúmenes de la odisea, esa ojeada que indica el momento de salir corriendo o esa otra que indica que entre nosotros no hay espacio ni tiempo.