24 enero 2013

Popurrí de palabras a media tarde

Necesito un buen té, de esos que sale una espiral de humo blanquecino de una taza con el asa rota mientras veo como la nieve asalta sin permiso mi jardín, que no es mío, pero qué le vamos a hacer, nos educaron en la posesión y propiedad. El caso es que cuando veo los hierbajos o el arbolito del vecino defenderse de la capa totalitaria de la nieve, entiendo que no son míos, son libres, pero nos gustan las palabras. Mí novia, mi coche, mi dolor de brazos, mi obsesión de mí… Si nos fijamos bien he dicho hierbajos y arbolito. El primero con sufijo despectivo y el segundo afectivo. Así vamos condicionándonos desde niños. ¿Qué tiene de mala la hierba para llamarla hierbajo? A ver si las cucarachas, sapos y culebras son más interesantes de lo que pensamos si eliminamos todo condicionamiento adquirido… ¡Qué caparazón más brillante y qué caminar más gracioso tienen las cucarachas! A partir de ahora serán unos de mis animales preferidos.
Este catarro que me hace carraspear y me exige un té con limón me recuerda a esa mujer que no era mía con la que una tarde de verano, con cinco moscas haciendo vuelos de vigilancia sobre el cruasán, me expuso la teoría de que si dos personas se quieren no se contagian el catarro si se besan y es que los besos, sean solos, con uvas o con queso, no entienden de propiedad y si hace falta uno se hace amigo de los gérmenes a base de besos, pues, en tiempos pretéritos (¡por dios! decir pretérito en lugar de pasado para hacer como que se domina el lenguaje) no solo las lagartijas eran una maravilla sino que éramos amigos de los gérmenes, hasta tal punto, que comerse un bocata de nocilla con las manos manchadas de barro, bañarse en ríos apestosos con ratas pululando, por supuesto no lavarnos las manos después de ir al aseo y entrar en granjas y coches abandonados con pulgas, nos hacían indestructibles, los glóbulos blancos que teníamos daban sopas con onda (nunca me ha gustado esta expresión, es que no le encuentro el sentido) a cualquier marine de USA obsesionado con poner la bandera de las estrellitas en montículos de mierda.
Necesito un buen té, de esos que sale una espiral de humo blanquecino de una taza con el asa rota mientras la nieve, las cucarachas, los gérmenes y los besos cabalgan libres por mi mente.

03 enero 2013

¿Por qué puedo hacerlo?

Puedo querer vivir sin que me toque el viento y desarrollar métodos y técnicas para ello; evitarlo y conseguir no estar en contacto con él (Tensión) y puedo aceptar que el viento me golpee y despeine, haciendo pese a ello todo lo que me propongo hacer sin pensar ya más en él (Fluir)
Puedo intentar no tener ningún problema, apartarme del riesgo que implica hacer cosas nuevas, del trabajo que requiere asumir los cambios o puedo dejar que los problemas entren y hacer las cosas sin excusas, plenamente, sin agarrarme a limitaciones creadas por el pensamiento, esté en la situación que esté.
Lo que importa es lo que puedo hacer no lo que no puedo. Pocas veces nos preguntamos “Por qué puedo hacerlo”